Only wait...

 En la mayoría de las ocasiones la lentitud es un sinónimo de felicidad. Pasear anclando los pies al suelo y levantándolos sin ninguna prisa, disfrutando de todo lo que hay cerca. Besar con dulzura, aumentando pausadamente la pasión hasta que todo acabe en un círculo de gemidos, placer y cariño, o seguir acariciando los labios con paciencia saboreando cada segundo del momento. Acariciar la piel tan suave e hipnótica capaz de atraparte con sus enredaderas de color blanco, vigilada por la atenta mirada de la Luna que te obliga a tratarla con la mayor delicadeza. La misma piel que consigue que te pierdas recoriéndola durante horas y horas, explorando cada recóndito lugar de un cuerpo tan bello.
 Lo cierto es que hay otro significado muy distinto. Acariciarse las manos imaginando a otra persona, con suavidad y cariño. O autoconsolándose de una desgracia que nadie conocerá y que la eternidad enterrará. Siempre con la mirada perdida, mirando hacia el pasado y recordando cada detalle de momentos que le corroen lentamente. La erosión de una persona en un proceso muy amargo y angustioso, que acaba con la lentitud plena. Acariciarse las manos es sólo el comienzo, primero como gesto de autocompasión y después como indicativo de nostalgia. Después vienen las noches sin dormir, lloros interminables mirando a la pared y horas y horas desperdiciadas en la cama. El proceso acaba con la mirada perdida contínua, lentitud al caminar, y desánimo casi perpétuo. Gradualmente se empieza a caminar hacia ninguna parte con la única compañía de tu sombra, a intentar destrozar físicamente la prisión en la que se te tortura sin descanso, hasta llegar al extremo de la tristeza irracional a la que se le busca un porqué. La realidad es que esa tristeza no tiene una explicación, no se le puede aplicar un razonamiento lógico hasta encontrar el porqué. Ya es demasiado tarde, la tristeza está arraigada al corazón con tanta fuerza que parece imposible que salga de ahí. No va a salir. Se quedará amarrada, mordiendo lágrima tras lágrima al corazón.
 Estar andando con paso lento por una calle infestada de hormigas correteando donde a penas te cruzas con otra persona, con la mirada clavada en cuán delicada parecía su piel aquel día. Las manos aferradas a algo o en los bolsillos, sin apenas conciencia de la realidad, la mínima para continuar andando sin morir. Cada vez que te encuentras con una persona en ese hormiguero gigante, puedes ver la soledad detrás de cada mirada, de cada sonrisa. Al fin y al cabo, todos estamos solos aquí. La confianza en los demás va degenerándose, algo que debería de evitarse. Confiar en alguien es dejarse ver desnudo ante él, indefenso, que con una simple frase pueda destruirte en mil pedazos. Pero piensas que no lo hará. Necesitamos que alguien nos vea cómo somos sin escudos sociales, es inútil evitar confiar en alguien, está en nuestra naturaleza. Tarde o temprano lamentarás el haberlo hecho, pero eso es evitable, basta con recordar el porqué confiaste en esa persona.
 En medio de amigos y gente cercana, los gritos desesperados de ayuda se vuelven contínuos. Todos lo ignoran, o quieren ignorarlo. Hay muchas situaciones que sobrepasan hasta a las personas más fuertes. Es necesario pedir ayuda, inconscientemente lo hacemos de muchísimas maneras, y otras muchas más intencionadamente. Hasta incluso chillar día tras día que necesitas a alguien y mantienes la esperanza de que aparezca. El día en el que te canses de esperar, sabes que morirás. Que ya no habrá vuelta atrás, todo terminará en ese momento. Ya nadie te reconocerá y te condenarás a vagar por las calles. A deambular intentando buscar algo por lo que seguir un día más pisando este mundo, con sueños apagándose cual velas consumidas en un sótano.
 Sentado en el tren, mirando fijamente hacia la ventana. Observando otro amanecer más, con la misma desilusión de ayer. Con las manos casi petrificadas sobre las piernas, moviéndose con leves caricias. Enterrado en el asiento, con las piernas cruzadas en el suelo. Muchas historias vividas y más por vivir. Sin ánimo para luchar pero resistiendo a un palmo de la oscuridad. Pensando que la tristeza persiste porque no hay ningún motivo por el que debería irse. Aguantando en pie, esperando a que algo cambie.

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 Perderme por el centro historico del centro es una de las mejores experiencias que he tenido. Para variar, solo. Francamente, ha sido decepcionante que tuviera que mendigar conversación con una simpática camarera, que trabaja en una cafetería escondida en una de las calles de aquel laberinto. Tras una conversación de unos cuarenta minutos sobre la actualidad económica, el rumbo de la conversación nos ha llevado a hablar sobre la restauración de la plaza redonda. Ya ni lo recordaba, y tras una despedida escueta y veinte céntimos de propina, me levanté de la silla y me fui con paso firme aparentando saber por dónde ir. No tenía ni idea de donde estaba, ni la plaza ni yo. Así que, obedecí a mi intuición y paseé hasta que me tropecé de frente con el bar de una de las puertas. El bar estaba exáctamente como lo recordaba, con sillas plegables de madera y mesas metálicas, y abarrotado. La plaza está muy cambiada. La fuente sigue igual, pero las tiendecitas pequeñas que la caracterizaban no tienen el encanto de entonces. Sin embargo, todo tipo de recuerdos se revivieron en un momento.
 Gritos de animales enjaulados, camisetas... Aún puedo recordar el olor de aquella plaza, una mezcla entre el de una cuadra y una cafetería. Estoy lleno de pesar y amargura, creía que recordarlo me vendría bien. Lo cierto es que después he vuelto a perderme sin tener a dónde ir, buscando una sonrisa reconfortante de algún desconocido.
 En fin, aquellas calles eran mágicas. He conseguido apuntar ideas lo más rápido posible, se amontonaban tan rápidamente que alguna se me ha escapado. Creo que volveré allí. Al menos puedo hablar con alguien y hay un café decente.

Streets, sweet streets...

Baila, pequeña, baila y fúndete con las sombras una última vez. La penumbra total la rodea y ríe con ella. Le sigue al compás de su propia locura y le acompaña en su inmensa soledad. La ciudad está a tus pies, pequeña. Las luces cegadoras se convierten en estrellas fugaces que hacen realidad sus sueños. La calle se funde con sus pies, la Tierra le sonríe y le acepta como parte suya. El cielo está oscuro, como lo más profundo de su ser, como su pensamiento, como sus actuaciones, como su velo impuesto por sí misma. Adora esa sensación, la de deambular por una ciudad sumergida en silencio y bañada en betún. Sus pies se mueven con desgana hacia ninguna parte, su rostro muestra la ausencia. Su ausencia de la realidad, su odiosa realidad que le derrite lentamente, es una pequeña vela cansada de brillar. Anda, pequeña, danza lentamente por las calles de tu demencia y siente como todo se abalanza sobre ti. Un último paseo por las cenizas de su vida, regando todavía los pocos brotes que intentan revivir ese bosque. Acaricia por última vez las frías fachadas de sus esperanzas, consumidas por su deseo. Se despide de su pasado quemado y arrasado, y vuelve a la cruda realidad nocturna. Baila, pequeña, baila una última vez con las sombras, baila el sombrío último baile con la muerte.

Another day...

La brisa entra por la ventana, recorriendo la habitación y provocándole un escalofrío. Está en la cama, tumbado, abrazándose a sí mismo intentando dormir. Se retuerce por el escalofrío y se abraza con más fuerza, sintiendo cómo sus pelos se vuelven agujas. Una pequeña bola de agujas que intenta dejar de pensar por hoy, sólo desea descansar. Reposa sobre una cama deshecha, que está en armonía con su habitación desordenada y caótica, no tiene ánimos de recoger ese desorden, él mismo está desordenado y no sabe cómo ordenarse.
Las horas pasan, el frío se intensifica y nada ha cambiado. Continúa añorando su calor, su olor, su presencia. Su mano se mueve con lentitud, acariciándose su propio brazo con suavidad y cariño, aunque no sea él a quien imagina acariciar.
Empieza a amanecer, y nada ha cambiado. Empapado en sudor continúa inmóvil, mirando fijamente a la nada.
El tiempo juega en su contra. Todo, juega en su contra.

Why, always why...

Un grito ahogado, un maldito grito ahogado es lo único que separa la fuerza del dolor. Un grito, ahogado por el tiempo y por la lucha, perdido en lo más profundo de mi alma. Viejo lobo cansado de aullar, fuego fatuo rozando su extinción. Desde mis entrañas sólo se escuchan llantos, sollozos llenos de lágrimas preguntándose lo mismo continuamente: ¿Por qué otra vez?

Crowded lonelyness...

     El cielo está azul, hay nubes deambulando tranquilamente por él y algunas fugaces apariciones de pájaros. Un buen día, podría decirse. Un gran día para comer al aire libre y pasar la tarde bajo un árbol. Lástima que el único que sobresale en medio de un paraje verde, lleno de hierba y matorrales, no tiene pinta de amigable, y ni mucho menos de dejar que aprovechen su sombra. Parece ser un roble viejo y cansado, sin hojas, sólo permanecen en él escasas ramas fuertes y grises soldadas al tronco, pero no nuevas ramas, todas han caído formando un círculo a su alrededor. Se mantiene fuerte e inamovible plantado en medio de ninguna parte. Vigila  todo lo que ocurre en ese paraje, desde su situación privilegiada puede proteger a todos los pequeños árboles que intentan crecer con su única virtud, podría decirse.
     El tiempo pasa, los pequeños árboles siguen creciendo bajo su mirada paciente y cansada y él sigue siendo un gran monolito grisáceo que se alza en medio de una llanura llena de hierba, maleza, y unos futuros compañeros del eterno vigilante. Con el tiempo, los pequeños árboles llegaron a su altura, teniendo troncos flexibles y hojas verdes. Bellas ramificadas, ángeles verdosos con alas marrones y ocres que rodean al añejo roble. El roble, que ahora tiene compañía, empezó a cambiar de color, de un gris predominante a un marrón oscuro fuerte y rugoso, volvía a tener pequeñas ramas que tímidamente se hacían un hueco en medio de las fuertes y toscas ramas que le caracterizan.
     El tiempo siguió corriendo, y los retoños de la tierra se volvieron grandes y fuertes hayas, mientras el roble permaneció con la misma estatura, con la compañía de los emergentes y compartiendo su experiencia con ellos. Poco después, empezaron a crecer tanto, que tenían que esforzarse para hablar con el, ahora, pequeño roble. No faltó mucho tiempo hasta que el último haya que hacía el esfuerzo de intentar hablar con él, se añadió a sus demás compañeros en la ley de silencio. Cuanto más crecían, menos luz le llegaba al pequeño roble, que seguía gritando y gritando con la cada día más pequeña ilusión de escuchar alguna respuesta. Su color volvió al original gris oscuro, y sus nuevas ramas cayeron de nuevo.
     Con el tiempo, el hombre empezó a ir a ese gran bosque de hayas, siempre en parejas, haciendo del tronco de las hayas imagen de su amor hasta el punto de que la parte baja de todas las hayas estaba cubierta de corazones grabados con fuerza pese a su clara intención de cariño. Sin embargo, en un gran claro del bosque, había un roble con más años que la tierra sobre la que crecía, iluminado por un halo de luz que mantenía su color marrón oscuro y gris. No había nada grabado en ese roble, nadie se acercaba a él, nadie se apoyaba contra su tronco para susurrar suspiros de su alma, nadie le tallaba en su rugosa armadura dos nombres encorazonados. Al fin, un día ese roble recibió una visita de un risueño chico, joven y con toda una vida por delante llena de logros y éxitos a todos los niveles. El roble se convirtió en su único confidente, con el único ser vivo con el que podía hablar todo lo que nadie más quería escuchar. Escuchó sus llantos interminables, sus lamentos y sus quebraderos de cabeza. El roble fue testigo de su caída y quien impulsó su alzamiento. Aquel hombre, tiempo después, volvió a ver al roble. Había triunfado, tenía todo lo que quería y consiguió con su esfuerzo hasta el último de sus deseos. El roble le agradeció la visita, y se sintió feliz por primera vez en muchos años, y también recibió por primera vez la marca en su corteza, con el nombre de aquel exitoso hombre. No fue el único, muchas más personas pasaron por ese roble, dejaron su huella y le agradecieron lo que hizo. Pero el hombre es un ser olvidadizo, y a las pocas semanas de volverlo a ver ya ni si quiera sabían si existía.
     Hace un par de años, yo fui en busca de tranquilidad a un bosque de hayas, y al ver un claro en medio del bosque me acerqué, y vi un majestuoso y grisáceo roble en medio de un círculo de sol con la corteza llena de nombres. Noté cómo pretendía saber más de mí, cómo intentaba que le confesase todos los fantasmas que acaban conmigo. Se los confesé, aquel roble inspiraba una confianza sobrenatural, parecía ser creado para escuchar, comprender y arreglar. Seguí viendo a ese roble, y escuché pacientemente sus historias, sus anécdotas que podía contar. Sorprende la cantidad de relatos que algo que sólo escucha y comprende puede narrar. Su sabiduría era abrumadora, era sin duda alguna el ser más sabio de todo el mundo. Un día cualquiera, me dirigí a mi visita semanal al roble, para volver a escuchar otra de sus historias cuando... El roble se había transformado en un tocón diminuto en medio del claro.
     Ahora ya nadie recuerda a ese roble, las generaciones a las que les ayudó le han olvidado. Su recuerdo lo mantendré hasta el fin de mis días, algunas de sus historias las sigo recordando, sus consejos, su paciencia. Yo no le olvidaré. Algún día, alguien necesitado irá a un bosque lleno de hayas buscando tranquilidad. Encontrará un claro en medio del bosque, con un tocón en el medio de un roble más sabio de lo que podría imaginar. Y atravesará el claro, y continuará deambulando por el bosque esperando que alguien quiera escucharle.

Darkest dawn...

A veces es espantoso levantarse por las mañanas. Desde que pisamos el suelo, intuímos las desgracias en camino. Incluso el mismísimo tiempo nos advierte de la maldita -y asquerosa- vida que nos deparará el pisar fuera de casa. Y si todos los factores no apoyan lo suficiente la opción de no moverse, la cama empieza a susurrar cariñosamente porque nos echa de menos, y pese a todo pronóstico, se intenta seguir con la misma rutina de todos los días. Fuera hace frío, "El cielo grisáceo no parece ayudar a que todo cambie un poco", dicta el cerebro mientras ordena que se ponga rumbo hacia tu lugar de trabajos forzados, sin pedir opinión. Tal y como todo predecía, el día ha acabado siendo un desastre, lo demuestra una cara cansada, inexpresiva y preocupante. Vagamos por lugares por los que no se debería de andar, buscando una respuesta, aún a sabiendas de que la pregunta es lo que se necesita, no la respuesta. Finalmente un gesto de resignación indica que esa jornada llegó a su fin y es hora de perder el tiempo en la fortaleza de la realidad, cada vez más destruída por los asedios contínuos de un mundo que perdió la esperanza, visión, fuerza... entre otras que yacen olvidadas en un saco bien atado por un puñado de idiotas. La fortaleza se va convirtiendo en fortín, después en bastión, degradándose lentamente hasta que no sea más que un diminuto campamento perdido en el desierto. Inútiles, viendo cómo se destruye día tras día todo lo que tanto costó de construir, pasamos el tiempo siendo observadores de la desaparición de un imperio.
El cielo se torna negro, oscuro como la boca que está a punto de engullirnos con la esperanza de que sus jugos hagan lo demás. Ya no hay estrellas, ni luces, y el brillo de la Luna lo han apagado un grupo de nubes que ahora se han vuelto mucho más oscuras que de costumbre. "Parece que se rían de mí, su sonrisa malévola es lo único que consigue provocarme algo." pensamos resignándonos ante un lugar no muy confortable donde se nos obliga a caminar, a trabajar, a vivir. Lentamente esos pensamientos se evaporan a la vez que un cuerpo cansado y resquebrajado cae rendido en la cama. Al fin unos momentos de paz para alguien que ansía ser destruído, pese a la negativa del mundo que le vio nacer y le crió, la rebeldía crece contínuamente. 
Un nuevo día, que también predice otra ristra de odiosos sucesos dispuestos a derribar lo que sea. Y otra noche más, con la mirada perdida en el cielo, buscando una pregunta por la que de nuevo regir una existencia que realmente sea digna.
Y así los días se convierten en semanas, y las semanas en meses. Nada va cambiar, nada podrá reconstruir los cimientos de la vida para hacerla algo mejor, porque esos cimientos no existen. Hasta los restos de lo que fue algún día han quedado olvidados, robados por quienes los necesitan con urgencia y no tienen valor para conseguirlos por otro modo. La llama se apaga, el último fuego, valiente y determinado se consume lentamente a la espera de que una cerilla le acompañe, le reavive y consiga volver a deslumbrar por sí solo de nuevo. Eso no ocurrirá, y el solitario fuego pierde fuerza día tras día, semana tras semana, esperando que todo llegue a su fin.