Darkest dawn...

A veces es espantoso levantarse por las mañanas. Desde que pisamos el suelo, intuímos las desgracias en camino. Incluso el mismísimo tiempo nos advierte de la maldita -y asquerosa- vida que nos deparará el pisar fuera de casa. Y si todos los factores no apoyan lo suficiente la opción de no moverse, la cama empieza a susurrar cariñosamente porque nos echa de menos, y pese a todo pronóstico, se intenta seguir con la misma rutina de todos los días. Fuera hace frío, "El cielo grisáceo no parece ayudar a que todo cambie un poco", dicta el cerebro mientras ordena que se ponga rumbo hacia tu lugar de trabajos forzados, sin pedir opinión. Tal y como todo predecía, el día ha acabado siendo un desastre, lo demuestra una cara cansada, inexpresiva y preocupante. Vagamos por lugares por los que no se debería de andar, buscando una respuesta, aún a sabiendas de que la pregunta es lo que se necesita, no la respuesta. Finalmente un gesto de resignación indica que esa jornada llegó a su fin y es hora de perder el tiempo en la fortaleza de la realidad, cada vez más destruída por los asedios contínuos de un mundo que perdió la esperanza, visión, fuerza... entre otras que yacen olvidadas en un saco bien atado por un puñado de idiotas. La fortaleza se va convirtiendo en fortín, después en bastión, degradándose lentamente hasta que no sea más que un diminuto campamento perdido en el desierto. Inútiles, viendo cómo se destruye día tras día todo lo que tanto costó de construir, pasamos el tiempo siendo observadores de la desaparición de un imperio.
El cielo se torna negro, oscuro como la boca que está a punto de engullirnos con la esperanza de que sus jugos hagan lo demás. Ya no hay estrellas, ni luces, y el brillo de la Luna lo han apagado un grupo de nubes que ahora se han vuelto mucho más oscuras que de costumbre. "Parece que se rían de mí, su sonrisa malévola es lo único que consigue provocarme algo." pensamos resignándonos ante un lugar no muy confortable donde se nos obliga a caminar, a trabajar, a vivir. Lentamente esos pensamientos se evaporan a la vez que un cuerpo cansado y resquebrajado cae rendido en la cama. Al fin unos momentos de paz para alguien que ansía ser destruído, pese a la negativa del mundo que le vio nacer y le crió, la rebeldía crece contínuamente. 
Un nuevo día, que también predice otra ristra de odiosos sucesos dispuestos a derribar lo que sea. Y otra noche más, con la mirada perdida en el cielo, buscando una pregunta por la que de nuevo regir una existencia que realmente sea digna.
Y así los días se convierten en semanas, y las semanas en meses. Nada va cambiar, nada podrá reconstruir los cimientos de la vida para hacerla algo mejor, porque esos cimientos no existen. Hasta los restos de lo que fue algún día han quedado olvidados, robados por quienes los necesitan con urgencia y no tienen valor para conseguirlos por otro modo. La llama se apaga, el último fuego, valiente y determinado se consume lentamente a la espera de que una cerilla le acompañe, le reavive y consiga volver a deslumbrar por sí solo de nuevo. Eso no ocurrirá, y el solitario fuego pierde fuerza día tras día, semana tras semana, esperando que todo llegue a su fin.