“Todos vivimos para ser felices”, “El dinero no da la felicidad” o “El sentido de la vida es ser feliz” son expresiones comunes que todos hemos escuchado alguna vez, no textualmente, pero con esa idea. ¿Nadie se ha preguntado nunca, si esto es compartido por todos? La felicidad es algo muy relativo, es diferente en cada persona, y todas, o la inmensa mayoría de las personas viven intentando encontrarla. Hay una obsesión generalizada hacia ella, es como el oro, todo el mundo la quiere, pero cuando la tiene, no sirve de nada. Y la verdad es que casi nadie se hace la pregunta de: ¿De qué sirve ser feliz? Porque realmente, el ser feliz sirve de poco. Si eres feliz, haces todo más contento y puede que mejor, pero nada más. ¿Merece la pena luchar toda la vida para poder hacer las cosas bien? Opino que no, y que se debería de pensar sobre la utilidad de la felicidad. Hay metas que podrían ayudar mucho más a la sociedad que el intentar ser feliz. En realidad, la felicidad es un sentimiento egoísta de la humanidad, uno más, quiero decir. Normalmente siempre intentas que la felicidad sea para ti, no para los demás, aunque siempre hay excepciones, que quieren la felicidad de otras personas. ¿Qué sería un mundo sin felicidad? La verdad, es que sería un mundo mejor al actual. No habría una obsesión por ella como la que hay ahora, al no tener la felicidad como meta, se buscarían otras metas mas fáciles de conseguir, y se lucharía por ellas con todas las fuerzas que tengas. Así, serías feliz aunque no te des cuenta. Es imposible imaginar un mundo sin felicidad, es un sentimiento que mueve la vida junto con la tristeza, moviendo entre las dos tu particular montaña rusa. La felicidad, no es un término fácil de definir, como he dicho antes, es un sentimiento muy relativo, muy personal. Un ejemplo claro es la felicidad de un atleta. Un atleta busca ser campeón de algún campeonato mundial, o batir el récord mundial de velocidad, en cambio, para un guitarrista es tocar bien la guitarra y destacar en el mundo de la música, y llegar a lo más alto tocando la guitarra. Supongo, que sabiendo esto, se podría definir la felicidad como el obsequio que obtienes por llegar a cumplir tu mayor meta. Por esto la felicidad es la meta de prácticamente todas las personas, porque para cada persona la felicidad es una meta diferente. Sentirse feliz… es algo por lo que realmente vale la pena luchar. No hay nada mejor que sonreír sin ningún motivo, sentirte liberado de las cadenas de problemas, y mirar la vida con otros ojos, con ojos de ilusión por vivir, ilusión por saber que has conseguido algo que nunca hubieras imaginado, tu sueño, tu meta. Te sientes bien contigo mismo, pero poca cosa más. En la práctica, la felicidad te puede ayudar a muy poco. Al ser un sentimiento tan “bueno”, llegar a él, es toda una odisea. Es un camino largo y lleno de obstáculos, llamado comúnmente “vida”. Todo el largo camino, empieza el día en el que encuentras un pequeño rayo de esperanza que te guía por el interior de la cueva, hasta una salida, al principio, caminas hacia ella incrédulo de lo que ves, pensando que será un espejismo a causa del hambre de ilusiones, pero no lo es. Has pasado mucho tiempo caminando, ya era hora de salir de ahí de una vez por todas. Cuando por fin consigues estar fuera, al salir, toda la luz del exterior te aturde, pero sonríes aun estando ciego unos minutos, ya está, todo ha acabado. Cuando consigues recuperarte de esa ceguera, te sientas en alguna roca de la entrada a la cueva de tu infierno personal. Contemplas todo lo que hay fuera, sorprendido, observando un mundo delante de ti completamente diferente al que conocías dentro de tu cueva, sin compañía, sin gente, sin… nada. Decidido, te levantas y empiezas a andar hacia lo desconocido, con la idea de que va a ser diferente, y que será mejor que tu cueva. Entras en la primera ciudad que encuentras, y empiezas a recomponerte con ilusiones y sueños nuevos que cumplir, pero uno de todos ellos, es el que más deseas, ese es por el que lucharás siempre. Desde ese día, todo vuelve a empezar para ti, olvidas lo pasado, y solo vives para conseguir tus sueños. Día a día, avanzas más en ese camino hacia tu meta, para ser feliz. Hasta que un día, por fin, se hace realidad. Has llegado a tu cima, lo has hecho. Todo ese camino… ¿Ha merecido la pena? Contemplas feliz lo que has conseguido, por fin, lo has logrado, tu sueño se ha hecho realidad, y te sientes formado y hecho, y sabes que puedes volver a conseguirlo, aun tienes fuerzas para mucho más. Vives con esta felicidad un tiempo, contento por haberlo hecho, hasta que un día… piensas. Grave error, es mejor no hacerlo mientras eres “feliz”. Te das cuenta de que, la felicidad, no sirve de nada. La has tenido en un pedestal todo este tiempo, y descubres que no es nada más que satisfacción por haber cumplido su sueño. Y ya está, nada más, no tiene nada más de especial, no te va a ayudar a hacer mejor las cosas, ni a conseguir ser mejor persona, como mucho, a abrirte más a la gente y conocer a gente nueva, nada más. Te sientes estafado, y decepcionado. Bajas de la colina de la gloria, andas por la ciudad, observando todo tranquilamente, pensando que no deberías haber pasado por allí. Continúas andando, contemplando por última vez la ciudad donde la mayoría viven. Sales de ella, no lloras, estás tan afectado que no puedes llorar, has bajado de lo más alto a lo más bajo en cuestión de semanas. Andas como un autómata hacia tu destino ya bien conocido, pensando en todo el tiempo que has perdido. Llegas a tu cueva, suspiras, la echabas de menos. Te quitas las zapatillas, y entras de nuevo a ella, buscando tu rincón oscuro, tan oscuro que no puedes ver nada al acercarte a él. Te sientas, apoyado en la pared de tu rincón, estaba fría, ya era hora de calentarla. Dejas caer la cabeza hacia atrás, sin fuerzas, rendido de todo lo que has pasado… para nada. Pasas los días así, comiéndote la cabeza con el tiempo tan valioso que has perdido. Te levantas y te acuestas con el mismo pensamiento, una decepción inmensa. Y siempre, absolutamente siempre, te preguntarás lo mismo: ¿Para esto merece la pena ser feliz?