Dissapearing in the air...

Los sueños son masas de ilusión que se mueven de cabeza en cabeza entre la gente. Pequeños cúmulos de metas e intentos de un futuro mejor, llenos de afán de superación, estúpido orgullo inútil y quebradiza determinación de cristal oscuro. Reconocer un sueño es algo fácil, sencillo, algo cotidiano y que no merece la más mínima atención, en principio. Quizás si aprendiésemos en fijarnos en las cosas cotidianas, veríamos que la mayoría son más extrañas que las que hacemos esporádicamente, pero eso es prácticamente imposible. Todo este lío onírico lleva a la pregunta relacionada íntimamente con un sueño: ¿Por qué está mal dejarlo todo para perseguir un sueño? Hoy en día, decir adiós a todo lo que te rodea y apartar lo que te impide el llegar a alcanzar ese sueño, o lo que te entretiene y no te deja en cierta manera conseguirlos, está muy mal visto. Pocas personas tienen el coraje, la fortaleza y el orgullo de hacerlo, es un duelo de fuerza de un destino contra un frágil humano, dispuesto a remover cielo y tierra por algo que desea conseguir. ¿Por qué alguien no puede largarse de su casa sin decir nada, y empezar a navegar por el mundo sin tener a dónde ir? ¿Tan mal estaría que alguien quisiese perseguir un fugaz sueño? Esta sociedad nos aprisiona, nos mantiene cabizbajos con ilusiones y sueños que nunca podrán cumplirse, porque así nos lo hacen ver todo... pero hay que arrasar, romper con todo, que el idealismo vuelva a ser el día a día del mundo, que el mundo se rija por el arte de nuevo, que la belleza vuelva a cobrar importancia en una sociedad que intenta carecer de ella, eliminando así el último bastión de belleza pura que existe en este desdichado planeta.
Los sueños, simples y la vez complejos, aterradores gigantes que merman nuestra voluntad de conseguir hacer algo grande a la velocidad de la luz, siendo en realidad pequeños animales esperando a ser recogidos por alguien que se atreva a romper con la falsa cara que les han impuesto con el tiempo. Pacientes vigilantes de un absurdo lugar donde nadie puede vivir, por mucho que quiera.

Our song...

Nada. Absolutamente nada, conseguiría alterar mi concentración total en un pensamiento que me consume poco a poco. Como una cerilla encendida, encorvándose lentamente mientras el fuego purifica y destruye lo que antaño era un diminuto trozo de madera. Todo se evapora en esos momentos, la realidad se diluye fundiéndose con las sonrisas y una pequeña risotada en perfecta comunión. Todo se vuelve oscuro y negro, las pocas velas temblorosas que permanecían encendidas, se van apagando con el vendaval provocado por su recuerdo. Todo se remonta a una palabra, cuatro letras, cuatro letras que consiguierón provocar esto, una sílaba que consiguió quebrar un corazón ardiente y decidido, en pequeños trozos que se buscan entre ellos para poder empezar a recomponerse a paso de tortuga. Ella. Esa palabra maldita que no se puede pronunciar, un recuerdo tabú en una mente al borde de la demencia, en el filo del espiral de la locura, un olor prohíbido una mirada cegada... por ella. Cada momento, cada minuto pasado con ella son ahora la peor de las torturas, los dardos bien apuntados más dañinos y letales que pueden existir, la única pesadilla real que consigue hacerme ver que sigo vivo, aunque en realidad, no sienta nada. El dolor se ha hecho fuerte en mí, controla mis actos y se ha apoderado de mi alma.
Ya no hay ningún lugar al que correr para esconderse, ningún árbol dispuesto a cubrir esa lluvia y darme calidez hasta que amananezca, ningún portal perdido en una ciudad silenciada por la noche en el que dos jóvenes enamorados se besan pausadamente, disfrutando del momento por completo. No hay nada que hacer, la lluvia cala por completo toda mi escasa fortaleza, la ha quebrantado por competo, las brechas eran demasiado grandes como para seguir soportandolo, los defensores imparables de mi soledad, valientes y bravos, implacables ante cualquier enemigo, acabaron tumbados en el campo de batalla, gimiendo desesperados y agonizando, por culpa de un lobo vestido de oveja, llamado amor. Se ha terminado, la resistencia es inútil, toda lucha en contra de una cara con la sonrisa caída y ojos lloros, no servirá de nada. La inexpresión se está apoderando de mí, el vagar sin rumbo en una mancha en mi memoria se vuelve inevitable, el conseguir evadirme de un mundo sin escrúpulos empieza a ser imposible. Ya nada volverá a arder dentro de un apagado muñeco, acompañado de su perfecta soledad, que vaga inocente de su futuro, destrozado por su pasado, y marcado por su presente.

Nocturne sonata...

Al fin, todo vuelve a ser como antes. El cielo se ha vuelto gris, un amanecer no es más que un nuevo día de desesperanza y un atardecer, el inicio de una andanada de lágrimas y sonrisas irónicas. Las miradas inexpresivas dirigidas como balas bien apuntadas hacia alguien que no las comprenderá se vuelven la única forma de ver el mundo, y los paseos nocturnos solitarios hacia ninguna parte se vuelven cada vez más comunes. Es hora de que el único calor que vuelva a sentir sea el del manto de oscuridad que me ofrece la noche, que mi voz se vuelva quebradiza y débil, abatida por un mundo que le arrebató la determinación y las ganas de chillar. Ya no hay nada por lo que luchar, ya no hay… nadie, por quien hacerlo. El mundo tal y como lo conocí se desvaneció con una composición de palabras, cuyas antagonistas se produjeron hace hoy un año. Siempre pensé que hoy seguiría a su lado, y podría haberlo celebrado por todo lo grande con ella, pero no ocurrió. Me encontré a la realidad con toda su fuerza de frente y me aturdió, tumbándome del choque para siempre. Lo único que me gustaría es arrancar de mi cabeza todos y cada uno de esos dolorosos recuerdos, borrar el pasado para poder ver algo de presente. En cambio, lo único que puedo limitarme a hacer, es escribir y escribir, mientras bebo whisky caro escocés y el sonido del ventilador rompe el silencio sepulcral de la noche. Parece que esta vez podré beber algo diferente, y el contexto ha sido diferente a la otra, parece que será más duro, más largo, y más difícil. Otra cosa que superar por una frágil alma que ya no da más de sí, se empieza a resquebrajar lentamente, un pequeño gamberro llamado amor ha conseguido picarla lanzando piedras sin parar, una erosión lenta y dolorosa, hasta que el alma ceda finalmente y desaparezca de un cuerpo que no puede soportarla. Todo empieza a oscurecerse por completo, la penumbra total se apodera de mi habitación a tiempo con el tic-tac del reloj, y ya va siendo hora de desaparecer de una vez por todas. Mi último trago, va por vosotros.