La brisa entra por la ventana, recorriendo la habitación y provocándole un escalofrío. Está en la cama, tumbado, abrazándose a sí mismo intentando dormir. Se retuerce por el escalofrío y se abraza con más fuerza, sintiendo cómo sus pelos se vuelven agujas. Una pequeña bola de agujas que intenta dejar de pensar por hoy, sólo desea descansar. Reposa sobre una cama deshecha, que está en armonía con su habitación desordenada y caótica, no tiene ánimos de recoger ese desorden, él mismo está desordenado y no sabe cómo ordenarse.
Las horas pasan, el frío se intensifica y nada ha cambiado. Continúa añorando su calor, su olor, su presencia. Su mano se mueve con lentitud, acariciándose su propio brazo con suavidad y cariño, aunque no sea él a quien imagina acariciar.
Empieza a amanecer, y nada ha cambiado. Empapado en sudor continúa inmóvil, mirando fijamente a la nada.
El tiempo juega en su contra. Todo, juega en su contra.