Baila, pequeña, baila y fúndete con las sombras una última vez. La penumbra total la rodea y ríe con ella. Le sigue al compás de su propia locura y le acompaña en su inmensa soledad. La ciudad está a tus pies, pequeña. Las luces cegadoras se convierten en estrellas fugaces que hacen realidad sus sueños. La calle se funde con sus pies, la Tierra le sonríe y le acepta como parte suya. El cielo está oscuro, como lo más profundo de su ser, como su pensamiento, como sus actuaciones, como su velo impuesto por sí misma. Adora esa sensación, la de deambular por una ciudad sumergida en silencio y bañada en betún. Sus pies se mueven con desgana hacia ninguna parte, su rostro muestra la ausencia. Su ausencia de la realidad, su odiosa realidad que le derrite lentamente, es una pequeña vela cansada de brillar. Anda, pequeña, danza lentamente por las calles de tu demencia y siente como todo se abalanza sobre ti. Un último paseo por las cenizas de su vida, regando todavía los pocos brotes que intentan revivir ese bosque. Acaricia por última vez las frías fachadas de sus esperanzas, consumidas por su deseo. Se despide de su pasado quemado y arrasado, y vuelve a la cruda realidad nocturna. Baila, pequeña, baila una última vez con las sombras, baila el sombrío último baile con la muerte.
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