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 Perderme por el centro historico del centro es una de las mejores experiencias que he tenido. Para variar, solo. Francamente, ha sido decepcionante que tuviera que mendigar conversación con una simpática camarera, que trabaja en una cafetería escondida en una de las calles de aquel laberinto. Tras una conversación de unos cuarenta minutos sobre la actualidad económica, el rumbo de la conversación nos ha llevado a hablar sobre la restauración de la plaza redonda. Ya ni lo recordaba, y tras una despedida escueta y veinte céntimos de propina, me levanté de la silla y me fui con paso firme aparentando saber por dónde ir. No tenía ni idea de donde estaba, ni la plaza ni yo. Así que, obedecí a mi intuición y paseé hasta que me tropecé de frente con el bar de una de las puertas. El bar estaba exáctamente como lo recordaba, con sillas plegables de madera y mesas metálicas, y abarrotado. La plaza está muy cambiada. La fuente sigue igual, pero las tiendecitas pequeñas que la caracterizaban no tienen el encanto de entonces. Sin embargo, todo tipo de recuerdos se revivieron en un momento.
 Gritos de animales enjaulados, camisetas... Aún puedo recordar el olor de aquella plaza, una mezcla entre el de una cuadra y una cafetería. Estoy lleno de pesar y amargura, creía que recordarlo me vendría bien. Lo cierto es que después he vuelto a perderme sin tener a dónde ir, buscando una sonrisa reconfortante de algún desconocido.
 En fin, aquellas calles eran mágicas. He conseguido apuntar ideas lo más rápido posible, se amontonaban tan rápidamente que alguna se me ha escapado. Creo que volveré allí. Al menos puedo hablar con alguien y hay un café decente.

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