Crowded lonelyness...

     El cielo está azul, hay nubes deambulando tranquilamente por él y algunas fugaces apariciones de pájaros. Un buen día, podría decirse. Un gran día para comer al aire libre y pasar la tarde bajo un árbol. Lástima que el único que sobresale en medio de un paraje verde, lleno de hierba y matorrales, no tiene pinta de amigable, y ni mucho menos de dejar que aprovechen su sombra. Parece ser un roble viejo y cansado, sin hojas, sólo permanecen en él escasas ramas fuertes y grises soldadas al tronco, pero no nuevas ramas, todas han caído formando un círculo a su alrededor. Se mantiene fuerte e inamovible plantado en medio de ninguna parte. Vigila  todo lo que ocurre en ese paraje, desde su situación privilegiada puede proteger a todos los pequeños árboles que intentan crecer con su única virtud, podría decirse.
     El tiempo pasa, los pequeños árboles siguen creciendo bajo su mirada paciente y cansada y él sigue siendo un gran monolito grisáceo que se alza en medio de una llanura llena de hierba, maleza, y unos futuros compañeros del eterno vigilante. Con el tiempo, los pequeños árboles llegaron a su altura, teniendo troncos flexibles y hojas verdes. Bellas ramificadas, ángeles verdosos con alas marrones y ocres que rodean al añejo roble. El roble, que ahora tiene compañía, empezó a cambiar de color, de un gris predominante a un marrón oscuro fuerte y rugoso, volvía a tener pequeñas ramas que tímidamente se hacían un hueco en medio de las fuertes y toscas ramas que le caracterizan.
     El tiempo siguió corriendo, y los retoños de la tierra se volvieron grandes y fuertes hayas, mientras el roble permaneció con la misma estatura, con la compañía de los emergentes y compartiendo su experiencia con ellos. Poco después, empezaron a crecer tanto, que tenían que esforzarse para hablar con el, ahora, pequeño roble. No faltó mucho tiempo hasta que el último haya que hacía el esfuerzo de intentar hablar con él, se añadió a sus demás compañeros en la ley de silencio. Cuanto más crecían, menos luz le llegaba al pequeño roble, que seguía gritando y gritando con la cada día más pequeña ilusión de escuchar alguna respuesta. Su color volvió al original gris oscuro, y sus nuevas ramas cayeron de nuevo.
     Con el tiempo, el hombre empezó a ir a ese gran bosque de hayas, siempre en parejas, haciendo del tronco de las hayas imagen de su amor hasta el punto de que la parte baja de todas las hayas estaba cubierta de corazones grabados con fuerza pese a su clara intención de cariño. Sin embargo, en un gran claro del bosque, había un roble con más años que la tierra sobre la que crecía, iluminado por un halo de luz que mantenía su color marrón oscuro y gris. No había nada grabado en ese roble, nadie se acercaba a él, nadie se apoyaba contra su tronco para susurrar suspiros de su alma, nadie le tallaba en su rugosa armadura dos nombres encorazonados. Al fin, un día ese roble recibió una visita de un risueño chico, joven y con toda una vida por delante llena de logros y éxitos a todos los niveles. El roble se convirtió en su único confidente, con el único ser vivo con el que podía hablar todo lo que nadie más quería escuchar. Escuchó sus llantos interminables, sus lamentos y sus quebraderos de cabeza. El roble fue testigo de su caída y quien impulsó su alzamiento. Aquel hombre, tiempo después, volvió a ver al roble. Había triunfado, tenía todo lo que quería y consiguió con su esfuerzo hasta el último de sus deseos. El roble le agradeció la visita, y se sintió feliz por primera vez en muchos años, y también recibió por primera vez la marca en su corteza, con el nombre de aquel exitoso hombre. No fue el único, muchas más personas pasaron por ese roble, dejaron su huella y le agradecieron lo que hizo. Pero el hombre es un ser olvidadizo, y a las pocas semanas de volverlo a ver ya ni si quiera sabían si existía.
     Hace un par de años, yo fui en busca de tranquilidad a un bosque de hayas, y al ver un claro en medio del bosque me acerqué, y vi un majestuoso y grisáceo roble en medio de un círculo de sol con la corteza llena de nombres. Noté cómo pretendía saber más de mí, cómo intentaba que le confesase todos los fantasmas que acaban conmigo. Se los confesé, aquel roble inspiraba una confianza sobrenatural, parecía ser creado para escuchar, comprender y arreglar. Seguí viendo a ese roble, y escuché pacientemente sus historias, sus anécdotas que podía contar. Sorprende la cantidad de relatos que algo que sólo escucha y comprende puede narrar. Su sabiduría era abrumadora, era sin duda alguna el ser más sabio de todo el mundo. Un día cualquiera, me dirigí a mi visita semanal al roble, para volver a escuchar otra de sus historias cuando... El roble se había transformado en un tocón diminuto en medio del claro.
     Ahora ya nadie recuerda a ese roble, las generaciones a las que les ayudó le han olvidado. Su recuerdo lo mantendré hasta el fin de mis días, algunas de sus historias las sigo recordando, sus consejos, su paciencia. Yo no le olvidaré. Algún día, alguien necesitado irá a un bosque lleno de hayas buscando tranquilidad. Encontrará un claro en medio del bosque, con un tocón en el medio de un roble más sabio de lo que podría imaginar. Y atravesará el claro, y continuará deambulando por el bosque esperando que alguien quiera escucharle.

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