Fire, burn for anything...

No hay nada más agradable que sentir el calor en la espalda, en un día de invierno. El Sol envía a sus múltiples súbditos a molestarte, sin embargo... estos cambian de opinión por el camino, y en vez de esto, te acarician la piel con suavidad, como si de tu propia madre se tratase, provocando una sensación de bienestar muy agradable. Sin embargo, el fuego te quema. Es hostil, rara vez es agradable, sinónimo de destrucción, rabia e ira. Creo que esta asimilación es incorrecta, el fuego no es destrucción, es fuerza, y vida. No es la primera vez que se habla de "fuego interior". Eso, ocurre mucho más de lo que creemos, y ni si quiera nos fijamos en eso. Dentro de esta montaña rusa que es la vida, infinita además, lo vivimos mucho. Un día, estás destrozado. Sin ganas de nada, odiando todo, aumentando ese odio a cada segundo, sin cesar. Viviendo en un pequeño mundo que creaste, intentanto evadirte de lo que un día fue tu vida, encerrado en ti mismo. Asimilando el dolor como tu sentimiento normal, y la tristeza como tu compañera inseparable de aventuras. Y ese mismo día, por cualquier estupidez, piensas: "¿Ya es hora de decirle al mundo que estoy vivo, no?"... y empiezas a sentirlo. Sientes como las cenizas de tu corazón empiezan a arder, sientes como se van reagrupando y creando otro corazón, rojo como la sangre, tan caliente que arde, llegando a todo tu cuerpo, tu corazón se prende fuego, y derrite la frialdad de tu soledad, sientes como involuntariamente una sonrisa irónica se pinta en tu rostro, notas como tus ojos arden, como el fuego se apodera de ellos haciéndolos brillar con más intensidad que el mismísimo Sol, que les envidia al verlos. Tu corazón ahora inconsumible por las llamas eternas de la determinación, parece una gran tempestad de fuego y furia que sururra:"Sigo vivo, y lo demostraré". Te conviertes en el enemigo del invierno, tu brillo y esplendor le desafían en su campaña de escarcha y soledad, y ni si quiera él puede detenerte. Lo consigues todo, tus límites ardieron con el fuego de tu corazón. Nada ni nadie puede pausar tu intento de comerte el mundo, que estás consiguiendo. Hasta que... sin previo aviso, el fuego se apaga. Estás congelado, inmóvil, tu piel se ha metamorfoseado en ardiente escarcha, y tu rostro imita a la perfección la expresión ausente del frío. Todo reaparece, tus límites, tus miedos... todo. Tu sentimiento de inmortalidad, desapareció al instante como una gota de agua en medio de un horno ardiendo. Todo acabó, las cenizas de lo que una vez fue un corazón, aparecen esparcidas por el reducido espacio en el que antaño ardía un corazón eufórico, con hambre de gloria. El fuego se apagó, tu corazón se ha reducido a cenizas por completo, y la oscuridad inunda tu cuerpo. Tus ojos han dejado de brillar, ahora tan solo buscan cruzar la mirada con otros ojos que sean capaces de revivir a tu fénix durmiente. Tu rostro permanece inmóvil, no muestra expresión alguna. Pagas el alto precio de la euforia.
La euforia puede ser preciosa, lo mejor, la perfección. Pero acaba. Y cuando acaba, tu cuerpo, acostumbrado a sentir una energía ilimitada, la necesita con urgencia, y no puedes proporcionársela. Tu cuerpo añora esa energía, y tu alma también, hasta el punto de que vuelven a su estado natural. En mi caso, la tristeza desoladora, y no puedo evitarlo. Al igual que los sentimientos. Ellos, son los que nos hacen vivir, sin duda alguna, buenos o malos, les debes tu vida. No puedes controlarlos a tu antojo, son totalmente independientes de tus opiniones, no te harán caso si piensas que estarías mejor feliz. Sólo hay una manera existente de atraerlos; Usando tu determinación, proponiéndote sentir ese sentimiento, e intentando conseguirlo por todos los medios. Mientras tú no digas que quieres ser feliz, jamás lo serás. Aunque, hay que aclarar que no todos buscan ser felices. La felicidad no es el sentimiento que todos queremos. Una minoría prefiere su opuesto natural, la tristeza, aunque no la persigue. Sabe que vendrá sola.

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