Es curioso cómo se funden las lágrimas con la lluvia. Una mezla perfecta, las gotas de lluvia, insípidas, con un ligero sabor, entre salado y amargo, que te recorre la garganta, y que sientes cómo acaricia tu esófago con delicadeza, deslizándose dinámicamente, a la par que elegante.
Los paseos sin rumbo bajo la lluvia, junto con los paseos solitarios por la naturaleza, son lo mejor de la vida. Y de entre ellos, prefiero los paseos bajo la lluvia, con diferencia. Los paseos bajo la lluvia, consiguen que puedas sentirte vivo, puedes perderlo todo, absolutamente todo... pero... gracias a esos mágicos paseos, te das cuenta de que, aún te queda algo: Sigues vivo. No sabes si tomártelo como un consuelo, o como una maldición. Lo tomes como lo tomes, cada vez será de forma diferente, no volverás a tomartelo igual nunca. Unas veces como un consuelo, y otras como una maldición. Sentirse vivo no siempre es bueno, a veces, sienta bien sentirte muerto, sin sentir nada. De vez en cuando, cuanto menos sepas de tu existencia, mejor. En cambio, otras veces, deseas sentirte más y más vivo, ser todo lo feliz que puedas, ignorando tu caída, próxima e inevitable.
Odio la vida. Odio este maldito círculo. No quiero caer y levantarme. Quiero que, por una vez, al menos una, pueda caer dos veces, o levantarme dos veces. Quiero quebrantar las reglas, quiero cambiar el destino y demostrar que no es imposible. Quiero romper de una vez por todas el círculo. Quiero desafiar a la naturaleza de la vida humana. Sé que voy a perder, sí, lo sé perfectamente. Pero prefiero intentarlo, una y otra vez, antes que quedarme de brazos cruzados dejando que este odioso círculo controle mi vida. Ojalá consiga hacerlo algún día. Tan sólo uno.
Supongo que esto no tiene mucho sentido, pero me aferro al dadaísmo como si de un clavo en fuego se tratase.

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